viernes, 5 de junio de 2009

El dato


Tulo anda perdido otra vez. En la casa han desistido de buscarlo, porque la última vez que lo vieron mostraba un semblante muy dispuesto. Fue allí en la mesa. Su rostro resplandecía con visos de arrojada decisión; esa que él acostumbra a mostrar cada vez que en su mente bulle una nueva idea. «Pronto aparecerá campante, explicando el resultado de otra de sus expediciones impredecibles». Así justifican todos en la casa el fracaso en la búsqueda, ante lo que amenaza ser una nueva ausencia temporal.
Aristóbulo —que es su nombre de pila—, es un joven de diecisiete años, alto, delgado, fuerte y muy bien parecido. Pero él no sobresale por esto, sino por su obstinada persecusión del dato preciso.
El joven es el menor de cuatro hijos en una familia en la que a nadie, excepto a él, se le ocurrió nunca mostrar el más mínimo apego por los estudios. «Son tres burros de frente y de espaldas»: comenta él mismo de sus hermanos con sus amigos. Su presencia siempre incomoda. Sus maestros y compañeros de clase, aunque lo adulan, le muestran una rara admiración, mezcla de envidia y temor, que el joven aprovecha para imponer su raro liderazgo. Lo que él no sabe es que en la escuela todos creen que está loco; que la tal admiración que le prodigan no es más que el miedo que les infundió desde el día en que se presentó al salón con una caja llena de culebras.
Sus hermanos, dos obreros de la construcción y un estibador del puerto, conocen del mundo sólo hasta donde su madre, Faustina los conduce a retazos, en esas ocasiones en que los cinco coinciden en la mesa familiar. Tulo no pierde un solo dato de los relatos de su madre y, con ellos, recompone a trocitos su árbol genealógico. Así supo que Pedro, su primo por línea paterna, mató a una desconocida —por gusto; porque sentado en el portal una tarde muy calurosa, el hijo de tu tío Francisco, vio venir a una muchacha de cabello largo que se meneaba debajo de una sombrilla y como si le hubieran dado una orden, fue, buscó un machete y la hizo pedazos en plena calle— les dijo Faustina. También por esa fuente se enteró Tulo de que su tía Aura, la hermana menor de su mamá, había incendiado la casa de los vecinos en un arrebato de rabia. Dice que eso pasó un día en que le negaron a Aura un poco de azúcar que había pedido para endulzar un café. Les contó además cómo su abuelo paterno, ya viejo y cansado, se había suicidado con siete ladrillos... «Bueno, se amarró dos en el cuello, uno en la barriga y dos en cada tobillo y se lanzó al río Magdalena en vísperas de Pascua», se adelantó esa vez Faustina para ganarle a la curiosidad de Tulo.
Para los hermanos de Aristóbulo, las historias de Faustina no son más que anécdotas festivas que amenizan la reunión en la mesa. Para Tulo no. Él insiste en el dato; pregunta e indaga detalles con los familiares o los más allegados a la casa. Sabe que los cuentos de su madre no terminan donde ella se detiene; por eso los rastrea hasta el último vericueto. El lunes se retiró de la mesa mucho antes que su madre terminara el cuento de su otra hermana.
Es jueves y todavía Tulo no aparece. Faustina dice resignada y confiada:
―Ya aparecerá. La noticia es tan vieja, que ya se pudrió. Por eso apesta tanto aquí en la casa.
Y los hermanos ni levantan la mirada a ver si se lo llevó una nube. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que el mal olor que hay sale del frondoso níspero del patio. Ahí está Tulo, colgado desde el lunes.

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